viernes, 12 de mayo de 2017

El nahual de cerritos

Buen día a todos, pues esta vez me he propuesto a manera de judicial sacarle historias de terror a mis abuelos a punta de tehuacanazos para poder dejar aqui algunos sobre San Miguel...

Pues bien, una de esas historias que les pude sacar a mis abuelos es la de un NAHUAL que rondaba San Miguel y dice asi...
:mota:
José era un misterioso indígena, natural de "Cerritos" (según el archivo en el registro civil), avecinado en el camino real a Querétaro. Desde antes de ser conquistada esta tierra chichimeca. Su madre era una indígena tarasca que antes le decían "Xuchitl" y más tarde Josefa. Su padre, ya muerto, era un nativo huachichil conocido como Don José.

Su albergue era una sencilla choza, pedregosa y maloliente, situada a la vera del camino que lleva a alcocer, muy cerca del manantial que surtía de agua al poblado. Le gustaba caminar por las recién trazadas callejuelas, torcidas y terrosas; pero no hablaba con nadie, no reía, ni participaba jamás en los alegres mitotes de sus congéneres, ni menos en los juegos de toros traídos por los españoles.

Al morir su madre, se hundió en la tristeza. No araba la tierra, no hacía nada; sus ojos escrutadores los lanzaba a los rostros de los temerosos vecinos que huían de él, musitando plegarias a sus dioses tutelares o al Santo Patrono, San Miguel.

La gente cuenta que José al decir unas entrecortadas frases se convertía en un raro animalejo. Los vexabanes, huachichiles, jonaces, copuces, tarascos y otomíes juraban haberlo visto a la orilla de la pila donde beben los animales transformado en "Ahuitzol" (un perro pequeño de pelo corto, orejas pequeñas y puntiagudas, cuerpo negro y muy liso, cola larga, pies y manos humanas).

¡Cuántas veces, agazapado a la vera del camino, aterrorizaba a los legendarios arrieros en forma de coyote! Asimismo, se llevaba las mazorcas de maíz, los guajolotes y las gallinas. Las personas no salían después de oscurecer, dejando solitarios los caminos.

Al escuchar de las fechorías del maldito nahual, el Escribano Real Don Pedro de Val, acompañado de comisarios buscó por veredas, calles y callejuelas a José. Pensaba torturarlo, hacerle beber agua hasta que explotará, restirarle los nervios, quebrarle los huesos en el torniquete, arrancarle las uñas.

Pero José, el nahual, escapó. Se fue de estas tierras y se marchó a seguir su vida andariega y criminal entre los otomíes de la Sierra (ahora los picachos). Aunque su leyenda perdura; al calor del fogón, en las noches frías los habitantes cuentan temerosamente sus aventuras.

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