lunes, 4 de abril de 2016

El baile de los Tecolotes

Un día venia yo de cierto lugar donde había andado vendiendo fruta, y como ya estaba tarde y traiba dinero me desconfié que me asaltaran en el camino. Pronto alcance a ver una luz y pensé que era un campo de borregas y determine llegar allí a dormir. 
Cuando llegue descubrí que no era un campo de borregas sino una casa. Toque la puerta y salió una mujer a recibirme y le pedí posada para esa noche porque yo era extranjero en ese lugar y tenía miedo de dormir en el campo. Ella me dio posada con mucho gusto.

En la casa había dos mujeres. Después de cenar me alistaron una cama y me acosté. Traiba una pistola y la metí debajo de la almohada. Cuando me acosté, de una vez se me quito lo cansado y el sueño de ver tan extraña casa. Empecé a reflejar que se alumbraban los cuartos con la lumbre del fogón y vi una alacena con muchas cajitas. La cama que me tendieron estaba en un rincón y desde ahí estaba yo cuidando, y las dos mujeres ni aprecio hacían; estaban muy apuradas lavando los trastes y secándolos. 

Cuando acabaron de lavar los trastes, se sentaron junto al fogón e hicieron unos cigarros. Irían como a medio chacuaco, cuando le dijo una a la otra que ya estaría yo bien dormido. Me escame que me fueran a matar y agarre la pistola de donde la había puesto, pero Dios me dio valor y no le tire, que si no me emboco en una broma. Entro la mujer para el cuarto donde yo estaba, y yo me estaba cuidando de que no me fuera a pegar con un hacha o martillo. Cuando se volvió al fogón miro de vuelta para donde estaba yo y le dijo a la otra mujer de que estaba bien súpito. Tiraron sus chacuacos para dentro del fogón y se vinieron las dos para donde yo estaba. Yo tenía mucho miedo y no soltaba la pistola pero volví a aguantar y no les pegue. 

Pasaron por la orilla de mi cama y se fueron para un rincón. Allá estaban ellas empujando un bulto que yo no sabía que era hasta que lo retiraron para el medio del cuarto. Se fue una para la alacena y saco dos cajitas y luego oí que se estaban desvistiendo y empezaron a untarse unos polvos. Se fue una y alzo las cajitas en la alacena, y refleje yo que se le veía el espinazo sin ropa. Luego esta mujer vino y midió tres pasos para un lado, al tiempo que su compañera midió tres pasos para el otro lado. Después las dos midieron tres pasos de vuelta hacia los lados contrarios, y de una vez las dos brincaron para dentro del cajete con agua y salieron vueltos tecolotes. Volaron junto a mí y se embocaron al fogón y salieron por el chiflón vueltos tecolotes. Me quede yo solo muy espantado y pensé: “pues en casa, cuando yo cuente lo sucedido, me van a preguntar acerca de las cajitas”. Ya me daban ganas a esas horas de venirme. Pero por miedo a los tecolotes y porque no fuera alguien a levantarme un crimen me quede a aguantar lo que me tocaba. 

Fui a la alacena y cogí las dos cajitas y vi que decían: POLVOS MAGICOS, san Antonio, Texas. No creyendo yo que pudieran hace mal y para ver si tenían la virtud que reclamaban, me desvestí y me unte polvo de las dos cajitas en todo mi cuerpo. Medí tres pasos para allá y tres pasos para acá, como ellas, y brinque adentro de cajete y Salí el mismo. Cogí una cobija y me estuve secando, y digo: “Bien dije yo: ¡esos polvos no hacen nada!”

Cuando me estaba secando, refleje que traiba la medallita del santo niño y el escapulario de nuestra señora del Carmen; me los quite y los alce en mi cama y volví otra vez a untarme los polvos; cuando alce las cajitas, volví a medir tres pasos para allá y tres pasos para acá y brinque adentro del cajete con agua y Salí vuelto tecolote.
Tenía el mismo sentido de una persona, pero el cuerpo era de animal. De una vez brinque al asa de la puerta a quererla abrir. Me estuve rasguñando la puerta del asa hasta que me acalambre y me caí. Fui para el fogón y no vide ni una brasa y me Salí por el chiflón; parecía que por una escalera me había salido. Me pare en el pretil de la casa y veía mis caballos comer.

Pronto me dieron ganas de volar, brinque y no me caí, pues de una vez abrí las alas y volé hasta donde estaba un sabino retirado de la casa. Desde allá vide que estaban volando unos tecolotes, llorando y respondiéndose unos a los otros - ¡el baile de los tecolotes! Me dio miedo que me mataran vuelto tecolote, y me fui para la casita.

Cuando iba llegando a la azotea iba pasando un gato y préndomele al rasguño con él y el gato también se prendió conmigo al rasguño, hasta que me soltó. Quizás tenía mente de comérmelo, porque dicen que los tecolotes se comen a los gatos. De buena suerte me soltó, y me fui para adentro de la casa. La pelea con el gato me había asustado tanto que se me olvido como volverme gente. Andaba vuelta y vuelta alrededor del tanque hasta que acuérdome yo que había medido tres pasos para allá y tres pasos para acá.
Así lo hice y me zambullí en el cajete y Salí vuelto gente, rezándole a cuanto santo había y temblando como una hoja. Me puse mi escapulario y mi medallita, pero no me fui de la casa a esas horas temiendo que me levantaran un crimen.

Viniendo la luz del día oí un ruido y eran ellas. Entraron y llegaron al cajete y cada una midió tres pasos para allá y tres pasos para acá y se zambulleron y salieron vueltas mujeres. Se vistieron y alzaron el bulto en el rincón y se fueron a acostar. Yo las estuve velando toda la noche.

Muy de mañana me levante y ya se había levantado una de las mujeres. Le pregunte cuanto era la molestia, y me dijo que no era ninguna, pero que no me fuera antes de almorzar. Yo no quise aguardarme a almorzar de ningún modo, temiendo que de repente me hicieran algún mal en la comida. Cuando no me pudo convencer me pregunto cómo había ido yo al baile anoche y me dio coraje, y le dije:
“como fueron ustedes. ¡Pues no me dejaron la brujería en esas cajas!”

Se admiro mucho la bruja y me dijo que chocara la mano con ella, y no fuera platicando de eso porque me podía pasar algún mal.

Pero a todos les he platicado y nada me ha pasado, más que los rasguños del gato.

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